No. 1: Pasta de dientes sobre la ropa (1983)
Uno puede ser una buena persona o un buen escritor, pero nunca ambas cosas. Y esto lo digo con la mayor franqueza del caso.
A las pruebas me remito.
Esta mañana me ha telefoneado mi editor, hablaba rápidamente con su habitual hipocresía dulzona. Luego de un saludo forzado, ha vuelto a felicitarme por el premio que gané hace ya un año, lo cual de entrada me pareció sospechoso.
-Por cierto, ya tenemos listo tu nuevo proyecto- dijo, cambiando radicalmente al tema que lo había hecho marcar mi número. El silencio debió haberle comunicado mi extrañeza, porque de inmediato comenzó a explicar.
- Mirá, te vamos a colocar en la palestra de los escritores de éxito internacional (sonaba como leyendo algún comunicado de prensa redactado a última hora), serás el Vargas Llosa tico, el García Márquez de Centroamérica.
No me parecía que la novelita que tenía en ese momento apenas en los primeros chorreos de tinta diera para tanto, sin contar el hecho de que mi editor no estaba informado de que había yo comenzado aquella aventurilla literaria (me gusta llamarle así, le llevo cariño a la historia). Así que le exigí más explicaciones.
- Mirá, escribirás la historia de tres expresidentes, pero desde otra, digamos, perspectiva. Ya tenemos toda la información, costó conseguirla pero es verídica y de buena fuente. Ya sabés, cuando se trata de chismes, nunca faltan voluntarios para compartirlos desinteresadamente- bromeó forzadamente.
El apellido se me había comenzado a subir.
-Mae Gustavo – le dije - ¿qué putas pasa?
Se sinceró conmigo. Me explicó que eran órdenes que venían “desde arriba”. Que aquellos tres personajes tenían “cuentas que pagar” y que sus “acreedores” habían decidido ponerse creativos. Que ahí era donde entraba yo. Que a esas “gentes” no les bastaba con publicarlo en notas descartables de tabloides locales. Que querían algo memorable, que perdurara en el recuerdo del pueblo, y que humillara a destajo a las víctimas. Que una novela histórica basada en hechos reales y escrita por un autor de buen perfil (o sea yo, según ellos) sería perfecta. Que se vendería como pan caliente, que ellos se encargarían de la publicidad, las presentaciones y las giras, que en eso no escatimarían gastos. Que yo nada más me asegurara de escribir con la sorna que me caracteriza (¿?) y que no tuviera tapujos. Me negué de inmediato y con vehemencia, no quería estar metido en tales embrollos de alta alcurnia. Pero el muy cabrón de Gustavo ya tenía preparada su contrapropuesta.
-Mirá (siempre el maldito “mirá”), vos sabés que con este tipo de gente es mejor que ellos te deban un favor ¿me entendés? O sea, no creás que no han indagado sobre tu pasado. Ya sabés que el año pasado logramos tapar bien aquella vara del supuesto plagio, no me malentendás, yo estoy con vos, pero diay un escándalo así solo basta una cosita para destaparlo ¿ves?
Lo entendí todo de inmediato. Estaba atrapado entre dos horizontes, uno realmente tentador y placentero, el del éxito, y otro completamente aborrecible: el de la humillación pública y el desprestigio.
Acepté, maldita sea, acepté. Vi como todo lo que se había construido en el transcurso de un año se podía ir por el desagüe, y acepté sin el más menor escrúpulo. Lo que Gustavo explicó a continuación sonó como un desfile lejano de instrucciones fríamente planificadas, repetidas de un mando a otro inferior en sucesión continua.
-Cambiá los nombre ligeramente, pero no tanto como para que la gente no pueda reconocer de quien se está hablando – fue lo último que dijo. No se despidió antes de colgar.
Con una frialdad que no reconocí, seguí mi rutina. A las 11 debía estar en la conferencia “El Ulises de Joyce: nuevas lecturas”, una estupidez pretenciosa organizada por un par de académicos universitarios chupa-sangre. Realmente mi única motivación para acercarme era Elsa, la chica de la embajada. La del acento catalán de infarto, la de las tetas de lujo. Y pues sí, me tiene como loco. Me puse la guayabera negra que tanto me elogió la otra noche en la presentación del libro de Luis, escritor interesante (“interesante” es un eufemismo). Pensando en sus miradas sobre mí me fui a lavar los dientes y con una inevitabilidad suprema un chorrito generoso de dentífrico fue a caer justo en la parte de afuera de la bolsa del lado izquierdo. Jueputa mierda. El agua no sirvió para nada y ahí quedó una manchita lo suficientemente discreta como para ser notada a leguas.
Un mensaje de texto de Gustavo me hizo salir del baño. “Revisá tu correo”. Ahí estaba toda la información, lista, uniforme, organizada, esperando a que yo la convirtiera en best-seller. No era mucho, a decir verdad, solamente lo necesario para herir certeramente. Luego de una rápida inspección, y como poseído por una vigorizante necesidad de venganza (alguien tenía que pagar por lo de la guayabera) di comienzo a la novela.
A las pruebas me remito.
Esta mañana me ha telefoneado mi editor, hablaba rápidamente con su habitual hipocresía dulzona. Luego de un saludo forzado, ha vuelto a felicitarme por el premio que gané hace ya un año, lo cual de entrada me pareció sospechoso.
-Por cierto, ya tenemos listo tu nuevo proyecto- dijo, cambiando radicalmente al tema que lo había hecho marcar mi número. El silencio debió haberle comunicado mi extrañeza, porque de inmediato comenzó a explicar.
- Mirá, te vamos a colocar en la palestra de los escritores de éxito internacional (sonaba como leyendo algún comunicado de prensa redactado a última hora), serás el Vargas Llosa tico, el García Márquez de Centroamérica.
No me parecía que la novelita que tenía en ese momento apenas en los primeros chorreos de tinta diera para tanto, sin contar el hecho de que mi editor no estaba informado de que había yo comenzado aquella aventurilla literaria (me gusta llamarle así, le llevo cariño a la historia). Así que le exigí más explicaciones.
- Mirá, escribirás la historia de tres expresidentes, pero desde otra, digamos, perspectiva. Ya tenemos toda la información, costó conseguirla pero es verídica y de buena fuente. Ya sabés, cuando se trata de chismes, nunca faltan voluntarios para compartirlos desinteresadamente- bromeó forzadamente.
El apellido se me había comenzado a subir.
-Mae Gustavo – le dije - ¿qué putas pasa?
Se sinceró conmigo. Me explicó que eran órdenes que venían “desde arriba”. Que aquellos tres personajes tenían “cuentas que pagar” y que sus “acreedores” habían decidido ponerse creativos. Que ahí era donde entraba yo. Que a esas “gentes” no les bastaba con publicarlo en notas descartables de tabloides locales. Que querían algo memorable, que perdurara en el recuerdo del pueblo, y que humillara a destajo a las víctimas. Que una novela histórica basada en hechos reales y escrita por un autor de buen perfil (o sea yo, según ellos) sería perfecta. Que se vendería como pan caliente, que ellos se encargarían de la publicidad, las presentaciones y las giras, que en eso no escatimarían gastos. Que yo nada más me asegurara de escribir con la sorna que me caracteriza (¿?) y que no tuviera tapujos. Me negué de inmediato y con vehemencia, no quería estar metido en tales embrollos de alta alcurnia. Pero el muy cabrón de Gustavo ya tenía preparada su contrapropuesta.
-Mirá (siempre el maldito “mirá”), vos sabés que con este tipo de gente es mejor que ellos te deban un favor ¿me entendés? O sea, no creás que no han indagado sobre tu pasado. Ya sabés que el año pasado logramos tapar bien aquella vara del supuesto plagio, no me malentendás, yo estoy con vos, pero diay un escándalo así solo basta una cosita para destaparlo ¿ves?
Lo entendí todo de inmediato. Estaba atrapado entre dos horizontes, uno realmente tentador y placentero, el del éxito, y otro completamente aborrecible: el de la humillación pública y el desprestigio.
Acepté, maldita sea, acepté. Vi como todo lo que se había construido en el transcurso de un año se podía ir por el desagüe, y acepté sin el más menor escrúpulo. Lo que Gustavo explicó a continuación sonó como un desfile lejano de instrucciones fríamente planificadas, repetidas de un mando a otro inferior en sucesión continua.
-Cambiá los nombre ligeramente, pero no tanto como para que la gente no pueda reconocer de quien se está hablando – fue lo último que dijo. No se despidió antes de colgar.
Con una frialdad que no reconocí, seguí mi rutina. A las 11 debía estar en la conferencia “El Ulises de Joyce: nuevas lecturas”, una estupidez pretenciosa organizada por un par de académicos universitarios chupa-sangre. Realmente mi única motivación para acercarme era Elsa, la chica de la embajada. La del acento catalán de infarto, la de las tetas de lujo. Y pues sí, me tiene como loco. Me puse la guayabera negra que tanto me elogió la otra noche en la presentación del libro de Luis, escritor interesante (“interesante” es un eufemismo). Pensando en sus miradas sobre mí me fui a lavar los dientes y con una inevitabilidad suprema un chorrito generoso de dentífrico fue a caer justo en la parte de afuera de la bolsa del lado izquierdo. Jueputa mierda. El agua no sirvió para nada y ahí quedó una manchita lo suficientemente discreta como para ser notada a leguas.
Un mensaje de texto de Gustavo me hizo salir del baño. “Revisá tu correo”. Ahí estaba toda la información, lista, uniforme, organizada, esperando a que yo la convirtiera en best-seller. No era mucho, a decir verdad, solamente lo necesario para herir certeramente. Luego de una rápida inspección, y como poseído por una vigorizante necesidad de venganza (alguien tenía que pagar por lo de la guayabera) di comienzo a la novela.
“En noviembre de 1983, momento en que el prolífico presidente
Monger declaró la neutralidad activa del país, pocos sospechaban que
cuando se trataba de recibir en su despacho a jovencitos en edades
tiernas don Luis Roberto ciertamente abandonaba la neutralidad para
convertirse en un activo entusiasta.”
Golpeando el teclado puse punto final al párrafo que completó mi transmutación en un ser humano detestable.
No. 2: El calzoncillo engomado (1990)
Esta mañana antes de despertar estuve soñando con Elsa. Estaba
tendido sobre ella, el lugar me parecía algún parque capitalino, pero
estaba vacío. Ambos estábamos desnudos, y yo le mordisqueaba los
pezones, lentamente. Me vine. Putas sueños mojados. Lo peor es la
incomodidad, toda la ropa embarrada, no sabe uno de dónde agarrar. Putas
sueños mojados.
Aquel día no pasó nada. Esta vez ni siquiera me alabó la guayabera (ni hablo mejor de la infame mancha de pasta de dientes).
Aquel día no pasó nada. Esta vez ni siquiera me alabó la guayabera (ni hablo mejor de la infame mancha de pasta de dientes).
“En los corrillos de la Casa Presidencial casi era visto con
absoluta naturalidad el que el presidente Caldero tuviera una amante.”
Más bien me pasé todo el rato conversando con Miguel, un simpático
muchacho con aspiraciones nulas, y que trabaja como prensista en la
editorial. Con un retazo de sabiduría popular me hizo ver que compartía
mi afición por Elsa.
Me reí ligeramente mientras veía a la catalana rodeada de varios hombres pretendiendo ser interesantes.
Mae Juan Pablo – insistió- hágame la vuelta ahí, yo veo que usted es compa de la hembra.
-No jodás – le respondí- ese culito es mío.
Soltó la risa y me pegó una palmada en el hombro que me hizo derramar
un poco del vino barato que habían servido los sofocados meseros luego
de la insoportable conferencia.
“Lo que sí les había parecido el colmo del atrevimiento a los
empleados gubernamentales era que don Gabriel Ángel había llevado a su
concubina a la actividad en la que todos se iban a reunir para observar
el juego en el que la selección nacional de fútbol se jugaba la
clasificación a la siguiente ronda ante nada más y nada menos que el
combinado sueco. Toda la prensa estaría ahí. Peor aún, el mandatario
tuvo la brillante idea de sentarse justo en medio de la susodicha y de
su esposa, doña Esperanza. Por supuesto nadie sospechaba que ocurriría
lo que sucedió al final. El presidente Caldero, en medio de la emoción
por el segundo gol anotado por Medford para Costa Rica y que garantizaba
el pase a octavos de final, se confundió por un breve segundo y se
volteó a abrazar a su ya no tan secreta amante. Por supuesto que de
inmediato y sobre la marcha corrigió el error, pero ya todo había
quedado registrado ante las cámaras. El incidente fue motivo de burla
incesante en los noticieros nacionales durante varios días.”
Cuando Elsa se despidió contándonos como gran cosa que Gustavo se
había ofrecido a llevarla hasta su casa (lo odié aún más) convencí a
Miguel de que fuéramos por unas cervezas a algún bar cercano. No tuve
que insistir mucho.
No.3: La lengua quemada con café hirviendo (2002)
Y ¿yo que sé si lo que viene en ese informe es verdad o mentira?
¿Acaso queda ya en mí espacio para la defensa de la moral y la suprema
honestidad humana? Ahora más que nunca entiendo a Haller y su orgía de
autodesprecio… Pero este barco que ahora se hunde irremediablemente no
se irá al fondo sin arrastrar a otros cuantos que se pasean por ahí
pretendiendo ser los nuevos portadores del estandarte de la
intelectualidad de este país.
¡Mierda!
Por estar de conspirador y no poner atención, me quemé el alma con este café que siempre está en ebullición. Hay que revisar ese coffee Maker.
¡Mierda!
Por estar de conspirador y no poner atención, me quemé el alma con este café que siempre está en ebullición. Hay que revisar ese coffee Maker.
“Don Juan Ángel Rodrigues por su parte continuaba realizando
ingentes esfuerzos por ocultar las verdaderas dimensiones de su
desmedida ambición: el dinero”.
Bastaron cuatro cervezas y Miguel lo soltó todo. Eso sí, estaba un
poco reacio, así que le tuve que dar mi palabra, muy a mi pesar, de que
le ayudaría con Elsa (el pobre no tiene la menor oportunidad). Me
explicó (innecesariamente creo yo) que el local de la editorial es muy
pequeño, y que todos se enteran de todo. De todo. Me dijo que Gustavo
había propuesto mi nombre para el proyecto, que tenía sangre en el ojo
conmigo, que justamente Elsa era la razón principal (acá sonreí
internamente), pero habían otras cosas. Que el libro que me habían
publicado desplazó al suyo, una novela que se había pasado escribiendo
durante 6 años, un inmenso manuscrito que ahora acumulaba polvo en las
bodegas. Que Gustavo confiaba en que la bola de demandas que se iban a
venir una vez se publicara este libro en el que yo trabajaba iba a ser
demasiado para mí, que me iba a destruir, aún cuando los interesados
estaban dispuestos a cubrir todos los gastos legales.
“Así que cuando se puso en marcha el proyecto que canalizaría en
uno solo al proveedor nacional de la Revisión Vehicular Técnica, el
entonces presidente no dudó en acudir a su hijo mayor, quien compartía
con su progenitor el dulce apego por los billetes de alta denominación.
Le filtró los detalles técnicos de la licitación meses antes de que
estos salieran a concurso público, dejando al hijo de don Juan Ángel en
clara ventaja frente a los posteriores competidores, que nada pudieron
hacer. En julio del 2002 la empresa fantasma creada por el primogénito
del mandatario se adjudicaba el otorgamiento del contrato millonario y
entró en funcionamiento bajo el flamante título de REVETE, aún y a pesar
de las ardientes protestas que se expandieron por todo el país.”
Yo cumplí con mi parte. No pude evitar notar la cara de decepción de
Elsa cuando le hablé de Miguel. Se ve que la chica algo quería conmigo…
Bah, ya no importa. Tal vez tenga un mal polvo con él para desquitarse.
Bien por el muchacho, tendrá sus dos minutos de gloria desenfrenada.
Mejor aún, porque sé que cumplirá con su parte: Sin que Gustavo ni nadie
lo sepa, insertará a última hora en el taller de impresión el capitulo
final alternativo de la novela, mi discreta venganza. Cuando el libro
salga a la calle, ya será demasiado tarde.
No.4. El dedo gordo contra la pata de la cama (2006)
Duele. En Puta. Pero debo terminar. Tragáte esto, Gustavo.
“Luego de las ajustadas elecciones del 2006, cuando todos los
trapos sucios salieron a relucir sin distingo de bando, los tres
expresidentes decidieron que era hora de parar semejante filtro de
información. Lamentablemente para ellos, tomaron una serie de decisiones
desafortunadas que terminaron por destruir su imagen por completo. La
primera de ellas (y quizás la más desacertada) fue acudir al otrora
afamado editor Gustavo Falas, venido a menos por el escándalo de sus
muchas aberraciones, entre las que se contaba su particular gusto por
espiar a las mujeres mientras estas cagaban”.
.....
*Cuento ganador del 14vo concurso de cuento corto 89decibeles.
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