¿Sabés? Resulta difícil escribirle a alguien que no existe (ni existirá). Si se quiere, puede ser incluso un ejercicio cruel: nunca tendrás chance de redactar tu réplica. Pero tranquilo, no llegaré a utilizar aquello de que la vida no es justa u otros clichés semejantes. Antes más bien me gustaría contarte que la vida sí que es justa, a veces más de lo necesario. Hay como una especie de enredo cósmico, al parecer, que pone nuestras acciones una tras otra, las acomoda, las clasifica, las hace surtir efectos. E indefectiblemente terminamos siendo eso que somos, para bien o para mal.
A veces no resulta tan fatal. De veras. Alguna gente dice ser feliz, otra quizás no tanto. Yo ahora te hablaré de mi caso, a riesgo de convertir esta misiva en alguna clase de justificación estéril. Si hubieras tenido la oportunidad sé que habrías leído en algún momento esta especie de remedo autobiográfico que escribí hace poco, cuya lectura probablemente te habría arrojado un poco más de luz sobre las razones que me motivaron a no traerte a este mundo. Me adelantaré y enumeraré las que yo creo, son las principales.
La primera tiene que ver con razones, de alguna manera, biológicas. Veras, al parecer en este momento estamos cercanos a ser siete mil millones de seres humanos en el planet
a, digamos bastante más de lo que la pobre tierra en realidad debería estar soportando. Con esos números en mente, es fácil darse cuenta que procrear perdió desde hace un buen tiempo su relevancia evolutiva. A menos que ocurra algún cataclismo sin precedentes, la continuidad de la especie no está, ni mucho menos, amenazada. Podrás asumir entonces que un humano más en este mundo realmente no es necesario desde el punto de visto estrictamente biológico. Mucho menos en momentos en que se comienzan a agudizar las crisis por la falta de agua, la hambruna, la criminalidad, la falta de espacio urbano, la contaminación, etc. Tranquilo, no voy a decir algo como "traer un niño a este mundo a sufrir ¡jamás!". A este mundo no se viene a sufrir, amiguito, se viene a otras cosas más divertidas como correr por un montazal, ser revolcado por una ola del mar, leer uno que otro buen libro, hacer el amor en una tarde lluviosa. Digamos ya crudamente que, a fin de cuentas, no vas a nacer porque simple y sencillamente no hacés falta.
Pero antes de que me tachés de insensible, dejáme decirte que también tengo razones que buscan proteger tu integridad emocional. En efecto. Por ejemplo, yo abogaría con tu hipotética madre para que tu alimentación fuese 100% vegetariana, desde tus primeros días. No, no es una idea descabellada, incluso existen libros con guías detalladas de cómo criar a un niño vegetariano desde el vientre materno. Además, te educaría alejado de cualquier principio religioso: nada de bautizos, primeras comuniones, confirmas, domingos de iglesia u oraciones antes de dormir (Igual habrías tenido una formación integral, no te preocupés. Yo mismo fui criado con ciertos principios cristianos, que por cierto, te cuento, algunos no están del todo mal. El problema es la falta de aplicación. Ya lo decía Gandhi: "Cuando usted me convenza de que los cristianos viven conforme a las enseñanzas de Cristo, seré el primero en convertirme" ). Oh sí, como pasaría horas explicándote que, a pesar de lo que el grueso de la población cree, dios en realidad no existe. Y que algunos en tiempos lejanos se dieron a la tarea de inventarlo para beneficio personal. Te contaría sobre mi verdadera creencia: las fuerzas de la naturaleza, y de lo poderosas que pueden llegar a ser. Por otro lado, seguramente te hablaría en términos "extraños", te diría cosas como "la caballerosidad es una excusa del patriarcado machista para justificar el mito del sexo débil femenino", al mismo tiempo que te instaría a ser amable, desprendido y desinteresado con las personas. Te compraría juguetes educativos, nada de chucherías plásticas desechables, y te animaría a leer bastante desde edades tempranas. Te hablaría de sexo en términos claros y directos apenas tuvieras unos dos o tres años, te diría por ejemplo: "El hombre introduce el pene en la vagina de la mujer durante el acto sexual, etc., etc., etc." Te enseñaría que no hay ningún problema conque dos personas del mismo sexo se amen, y que la comida en Mcdonald's es una completa asquerosidad (lo siento, nada de cajitas felices). A propósito, te hablaría del problema con la desigualdad de la distribución de la riqueza en el mundo y sobre los negocios oscuros de las super corporaciones. Aprenderías que no hay nada malo en jugar con niños de otro color. En casa tendrías que reciclar absolutamente todo lo que sea reciclable y, bueno, en fin... ¿te imaginás el problema que todo eso conllevaría para vos? Sinceramente mejor te ahorramos las burlas de tus compañeros de escuela, el trauma de niñez y la plata que gastarías (ya de adulto) en sesiones de psicoterapia.
La última razón sí tiene que ver, lamentablemente, con motivaciones meramente egoístas (me disculpo si para este punto ya te habías formado una buena imagen de mi persona). La verdad, nunca me ha llamado la atención pasar horas desvelado en la noche atendiendo los llantos de un infante demandante, o destinar un dineral en gastos educativos. Mucho menos pasármela cambiando pañales o sacando cólicos. Encima, tengo una manía: la de alejarme de cosas o personas que me puedan atar demasiado. ¿Me entendés? Me gustaría, por ejemplo, tener la posibilidad de poder irme, qué sé yo, a algún otro país por un buen tiempo sin tener que pensar en quién te va a cuidar o qué vas a comer o cómo se va a pagar tu colegio (No sé si algún día lo llegue a hacer, pero me gustaría mantener mis opciones) No me malinterpretés. Me encanta pasar tiempo con niños, y me llevo de maravilla con ellos. A estas alturas tengo un sobrino y una sobrina a quienes adoro, y me encanta jugar con ellos o chinearlos. ¡Incluso me han llegado a decir que sería un buen padre! (Tenés que apreciar la ironía aquí, amiguito) Pero ya ves, nunca recibí ese ¿llamado? instintivo. Creo firmemente que la realización personal no tiene que estar estrictamente relacionada con engendrar.
Fijáte que alguien una vez me preguntó que si, por esta decisión, no me daba miedo de morir solo. ¿Sabés qué pienso? Que al fin y al cabo la vida nos recibe y nos despide de manera individual, no importa lo que hagamos. Lo único que me daría miedo es decubrir en mi lecho de muerte que nunca dediqué suficiente tiempo a plantar más árboles o a escribir uno que otro (buen) libro.
Hasta nunca, hijo mío...
Pd: Como la cuestión de tu género estaba en entredicho al ser una cosa meramente hipotética, lancé una moneda y resultaste, para propósitos de esta misiva, masculino. No que importe mucho, la verdad.
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