- Fuimos muy claros en que no se permitirían preguntas – respondió la voz del hombre, inflexible como de costumbre.
-Sólo quiero saber si está bien – insistió, casi como una súplica.
- ¿Ha cumplido usted con todas las pruebas? – preguntó el tipo en una inusual anuencia.
- Bien saben ustedes que sí, lo tienen todo grabado en sus cámaras – dijo, y las palabras le salieron como vueltas un nudo de reproche, algo muy lejano a la bofetada de sarcasmo que ella hubiera preferido.
- Entonces sabe que su madre se encuentra bien. Nosotros siempre cumplimos nuestra palabra.
- Sí, se me olvidaba que son ustedes un dechado de virtudes – dijo, y las palabras le salieron ahogadas por el miedo a las represalias debido a su atrevimiento. Sin embargo solamente recibió a continuación un breve silencio, y las nuevas órdenes.
- Vuelva inmediatamente a su apartamento. En el desayunador encontrará un sobre con las instrucciones para la prueba número seis. Apresúrese, debe estar allí en 30 minutos.
El hombre colgó sin dar espacio a más distracciones. Ella contempló el celular, que se había llenado de semen. Y cómo no, si toda su cara estaba llena de semen, más bien casi toda la parte superior de su cuerpo. Examinó el lugar por unos breves instantes, era una
especie de sauna lujoso, allí se habían arremolinado alrededor de ella aquellos hombres con máscaras, le habían despojado de su ropa y habían comenzado a masturbarse y a venirse en su cara. ¿Cuántos habían sido? ¿10? ¿20? Como en las pruebas anteriores no lo supo, podían perfectamente haber sido sólo 5 y sin embargo la humillación, las vejaciones y las máscaras, siempre las malditas máscaras le hacían perder la cuenta, desconcertarse. Eso y los gritos ¿cuántas veces escuchó hoy la frase “traga, perra”? ¿Cuántas veces sintió ganas de vomitar? ¿Cuántas bofetadas le dieron?
En un pequeño taburete estaba la ropa nueva y las toallas, junto a una barra de jabón perfumado, tal como se lo prometieron. –Los hijos de puta más considerados de la historia- pensó. Se bañó con intensidad, aunque brevemente, no quería hacerlos enojar.
En el taxi de vuelta a su apartamento veía las luces de la ciudad y trataba de pensar que todo era una cruel pesadilla. Repasó las últimas 72 horas, todo había sido muy repentino y extraño, extrañísimo. Recordó la conmoción cuando recibió el correo electrónico, la foto de su madre amordazada, golpeada, amarrada. Sólo había unas cuantas palabras en el contenido: “No contacte a la policía”. Luego la llamada, aquel hombre serio, autómata, inflexible, el que le explicó que su madre estaba secuestrada, que debía cumplir algunas pruebas si quería verla con vida de nuevo. Fue tan increíble en aquel momento como lo seguía siendo ahora, aún después de 5 pruebas, después de todos los maltratos, los abusos. Aún las imágenes de lo que había pasado en la tarde la atormentaban. Cierto, en las pruebas anteriores le habían introducido objetos inimaginables por todos los agujeros de su cuerpo, le habían puesto pinzas en los pezones y en los labios de la vagina, la habían azotado. Pero lo de hoy había sido el colmo, ni siquiera a su ex novio le había permitido que se le viniera en la cara, era algo que le parecía degradante, como una forma en la que los hombres dejan salir a flote sus más estúpidos instintos de machos dominantes. Eso fue lo que le dolió más, sintió ganas de llorar mientras pensó que todos aquellos bastardos hacía apenas algunos minutos la habían hecho su hembra, la habían dominado.
Lo de las máscaras era un ingrediente que contribuía a hacer de todo aquello una experiencia más que perturbadora. Siempre la llevaban, eran negras y sin forma definida, daban una sensación de anonimato a sus portadores. Se moría de rabia pensando que quizás alguno de esos enmascarados era conocido suyo, quién sabe, del trabajo o algún viejo compañero del colegio. Nunca lo sabría. Las voces normalmente llegaban indistintas, casi siempre eran órdenes directas que los golpes y las amenazas le enseñaron a no desobedecer. Odiaba que hubiera cámaras siempre, protestó la primera vez pero el porrazo que recibió por respuesta fue bastante claro: aquel comportamiento no se admitiría. Al llegar a su casa se intentó concentrar, nada era más importante en este momento que recuperar a su madre, costara lo que costara. En efecto sobre el desayunador estaba el sobre con las instrucciones. Debía ponerse el atuendo que habían dejado sobre su cama. Luego debía abordar un taxi hacia una casa situada al otro lado de la ciudad. Allí tomaría lugar la sexta prueba.
En el lugar, como de costumbre, le pusieron una venda en los ojos y la condujeron al interior de la casa, que en realidad era más bien una especie de mansión moderna, por lo que pudo ver desde la fachada. Cuando le removieron la cubierta que le impedía ver, se encontró sola en una especie de camerino, pequeño y oscuro. El celular sonó de inmediato.
- Saldrá usted por la puerta que tiene en frente. Esto la llevará a una especie de escenario. Cuando esté ahí, proceda a desnudarse y espere más instrucciones.
Al salir se encontró con una infinidad de luces cegadoras, estaba parada en el centro de un escenario circular rodeado de cámaras individuales protegidas por vidrios polarizados. Supuso que ahí estarían los enmascarados. Sin darse cuenta ya se había desvestido, porque escuchó la voz que le ordenó el siguiente paso.
- Deberá usted autocomplacerse para nuestro disfrute visual. No finja, sabremos si lo está haciendo, y su madre sufrirá las consecuencias.
Comenzó a obedecer pero los movimientos le salían con cierta torpeza, nunca había hecho aquello con “audiencia”, ni siquiera para ninguno de sus antiguos novios. Pero lo que sí había hecho a menudo era fingir, triste pero cierto, solo había tenido un buen amante en su vida, los demás habían sido de mediocres para abajo. Y por eso aprendió a fingir, y lo hacía muy bien. Había aprendido a dosificar los gemidos, a elevarlos paulatinamente, logró manipular los espasmos, los sudores del cuerpo, los ojos en blanco. Fingió, pues, una vez más, y los enmascarados no se dieron cuenta. Se le ordenó regresar a su casa y descansar, mañana enfrentaría la última y más importante prueba de todas.
Como en las últimas noches, no pegó los ojos, la preocupación por su madre y todo lo que había vivido ya en tres días la mantuvo despierta. E incluso algo más la atormentaba, era más bien un miedo. No dejaba de imaginar lo peor acerca de la séptima prueba. ¿Qué clase de infierno iría a vivir el día siguiente?
La llamada llegó avanzada la tarde, cerca de las 3.
- Recibirá usted un paquete a las 5 en punto. Deberá usar el contenido para la prueba de esta noche. Arréglese lo mejor que pueda. A las 7 en punto la recogerá un automóvil que la llevará a un hotel. El chofer le indicará qué habitación buscar. Una vez ahí, se encontrará con un hombre a quien deberá complacer en todo lo que le pida.
- Quiero saber cómo recuperaré a mi madre – se apresuró a decir.
- Eso se indicará a su debido momento. Por ahora, culmine las pruebas. Lo ha hecho bien señorita. Suerte.
Arrojó el celular contra la pared y pegó un alarido de desahogo que le salió de las entrañas. El muy cabrón se había atrevido a ser condescendiente con ella.
-Así que esa es la séptima prueba – pensó luego, mientras subía en el elevador del hotel – cogerse a un tipejo degenerado. La suite estaba bien custodiada por un par de guardaespaldas apostados en la puerta de entrada. No usaban máscaras pero llevaban lentes oscuros y tenían cara de pocos amigos. El tipo que la esperaba adentro, para su sorpresa, no llevaba ninguna careta.
El hombre, de edad madura, la miró con genuino interés, de pies a cabeza. La habitación estaba oscura, luces tenues apuntaban hacia el lugar donde ella estaba de pie. La iluminación resaltaba las formas de su cuerpo, por lo demás bien conservado por las sesiones de natación, yoga y gimnasio, excesivo quizás pero con buenos resultados. O tal vez no, porque, había pensado la noche anterior, probablemente esa era la razón por la que la habían escogido aquellos hombres, aquella perversa red de enmascarados. Era una red, claro que sí. Parecían estar en todas partes y saberlo todo. Se preguntaba cuántas otras mujeres jóvenes como ella estarían sufriendo lo mismo.
- Acérquese – dijo el hombre, sentado en la cama ancha de la suite de lujo – Ha sido usted de las más valientes. Muchas se quiebran a mitad de camino. Debe importarle mucho su madre.
- Demasiado – contestó ella – Terminemos con esto de una vez para que pueda irme.
- No se confunda – replicó enérgico su interlocutor- Soy yo quien da las órdenes acá, soy yo quien dicta el ritmo. No presione su suerte, una orden mía y su madre será alimento de las ratas.
- ¿Quién es usted, quiénes son ustedes? – Dijo llorando, desesperada ya. No se dio cuento, pero se había quebrado finalmente.
- ¡Sin preguntas!- gritó el hombre. La voz resonó por toda la habitación.
- ¡Por favor!- Lloraba ahora desconsoladamente y se había puesto de rodillas, sus piernas le habían fallado. No resistía más, odiaba que las fuerzas le abandonaran justo ahora, que ya cerca del final estuviera perdiendo la resistencia. Hizo un esfuerzo por pensar en su madre, se fue calmando.
- No debe saber más que una cosa: somos un grupo poderoso- El hombre hablaba calmadamente ahora, con un dejo de prepotencia. -Estamos en todas partes y lo sabemos todo. La hemos vigilado constantemente en los últimos meses. Quizás no lo vea de esa forma pero es usted muy afortunada. Ha sido elegida por un grupo de hombres especiales, superiores. Todo esto está más allá de su entendimiento. Es usted ahora parte de un plan supremo.
Lo último la sorprendió ¿Viviría entonces su madre, pero ella permanecería por siempre como esclava sexual de aquellos pertubados? La aterró la idea, pero se contuvo al pensar en el bienestar de la dulce mujer que la engendró.
- Y ahora levántese- ordenó el hombre- y comience a desnudarse. Lentamente.
Por enésima vez en los últimos tres días comenzó a desnudarse, obediente. Primero bajaron las tiritas del ves
tido que estaban sobre sus hombros. No llevaba brassier, y por el aire acondicionado de la habitación los pezones (redonditos, morenos) se pusieron erectos. El hombre al ver esto tuvo una ligera conmoción, específicamente entre sus piernas. Entonces, pensó ella, este debía ser el líder, el hombre importante. La séptima prueba era complacer al jefe. A ese mismo a quien ahora se le había terminado de parar cuando ella arrojó el vestido rojo a un costado, y había dejado en evidencia las caderas alegres, el vientre duro, las piernas firmes, el pubis rasurado, los piecitos juguetones.
-Acérquese- comandó el hombre en una especie de susurro.
Así lo hizo, y se percató que el jefe olía a whisky del caro, aunque no estaba ebrio. Le pasó las manos despacio por todo el cuerpo, la cara, su cuello, los senos. Se sentía asqueada, mientras que en el hombre la excitación iba creciendo, su respiración cada vez más entrecortada la sentía sobre la piel. Sin aviso, introdujo su dedo en la vagina y la repugnancia la hizo alejarse un poco, pero él la contuvo tomándole de las nalgas.
-Qué buen culo- escuchó decir en la oscuridad. El hombre estaba extasiado. Su dedo era grueso, concho, le hacía daño, se movía de arriba abajo lacerando sus paredes vaginales, que habían sido muy maltratadas en las pruebas anteriores. Ahora que lo pensaba, ninguno de los enmascarados la había penetrado con su pene. La estaban reservando para el jefe.
-Quítame los pantalones – la orden era certera.
Ella se agachó lentamente, cumpliendo con la tarea. Otra vez se preguntaba ¿cuántas mujeres como ella estarán sufriendo este infierno? ¿Quién podrá detener a estos enfermos?
-Chupame la verga, con dedicación- dijo el jefe, al borde de la locura pero siempre ecuánime, siempre con su dejo pretencioso.
Tomó el pene erecto, era grande. Una buena verga, a decir verdad. Quizás en otras circunstancias, aquello habría sido un punto a favor del hombre maduro que la miraba ahora con ojos de deseo. Pero en este momento no sentía más que asco de llevarse aquello a la boca. Se cuestionó ¿valía la pena seguir en esta miseria? Incluso, aún y si la dejaran ir ¿valía la pena seguir viviendo después de lo que había experimentado? ¿No tendría acaso, todas las noches, las mismas pesadillas? ¿No le atormentarían los recuerdos? Mientras iba chupando el hombre gemía, los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás. Tenía al jefe a su disposición. Fue entonces que tomó la decisión, intempestiva.
Era una de sus “habilidades”, siempre se lo decían. Lenta, minuciosamente, se introdujo todo el pene del hombre en la boca. El jefe se volvió loco.
-Oh, sí- dijo entre gemidos.
Siempre los vuelve locos, se dijo ella. Sonrío, y a continuación pegó el mordisco certero en la base del pene. El grito del jefe fue desgarrador.
-¡Puta, puta maldita, qué me hiciste! Gritaba al mismo tiempo que se revolcaba de dolor, mientras veía incrédulo como todo su pene había sido desprendido. Ella escupió el órgano ahora inerte, y contempló con un rostro maquiavélico al jefe.
-¡Hija de puta! ¡Hija de puta! Gritaba el moribundo. Se estaba desangrando horriblemente. El pene, flácido, sin vida, quedó a los pies del hombre.
Mientras los guardaespaldas derribaban la puerta y luego la acribillaban a balazos, ella le pidió perdón a su madre por no haber podido salvarle la vida.
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* Cuento ganador del segundo lugar en el Noveno Concurso de Cuento Corto de 89decibeles.com
4 comentarios:
definitivamente leeré este cuento yaaaaaaaaa! lo vi de reojo y se ve dema bueno!
Gracias Kat, ahí me cuenta qué le pareció. Saludos.
Ya lo leí, dema fuerteee! nunca he leído un cuento lleno de trangresión como este. Me gustó muchooo...
¡Qué bueno que le gustó!
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