Los resultados de las elecciones nacionales celebradas ayer domingo 7 de febrero podrían catalogarse por cualquier persona con aspiraciones progresistas como un verdadero descalabro. Veamos: la candidata del oficialismo de centro-derecha (escudada en una máscara social- demócrata) se alza con la victoria de manera inobjetable (más de 20 puntos porcentuales con respecto a su seguidor
). Además, la "oposición" en el próximo congreso será ocupada por una gran mayoría que va desde la derecha hasta la ultra-derecha (PUSC, Movimiento libertario), y por dos diputados provenientes de partidos con una fuerte raíz conservadora y religiosa. La centro-izquierda (representada en el PAC) apenas alcanza cerca de 10 diputaciones y el único partido de izquierda se conforma con un sólo diputado. El mensaje del electorado no pudo ser más claro: ¡No virar a la izquierda!
). Además, la "oposición" en el próximo congreso será ocupada por una gran mayoría que va desde la derecha hasta la ultra-derecha (PUSC, Movimiento libertario), y por dos diputados provenientes de partidos con una fuerte raíz conservadora y religiosa. La centro-izquierda (representada en el PAC) apenas alcanza cerca de 10 diputaciones y el único partido de izquierda se conforma con un sólo diputado. El mensaje del electorado no pudo ser más claro: ¡No virar a la izquierda!Resulta evidente que las maquinarias electorales siguen teniendo su peso en este país. Mucha gente aún se deja llevar por promesas de campaña de parte de quienes, ante sus propias narices, hacen recortes graduales en el gasto social y privilegian a clases más favorecidas a través de las políticas públicas. Como leí alguna vez por ahí: "lo mismo te venden una hamburguesa que un candidato". Esta campaña fue un ejemplo de eso, miles de millones se gastaron en comerciales demagógos, emotivos y cursilones que nunca tuvieron, sin embargo, el mínimo resquicio de ideas y propuestas.
Pero ¿por qué el mismo electorado que se rasga las vestiduras y proclama su desencanto con la política termina eligiendo a sus gobernantes a través de un mero ejercicio tradicionalista? La respuesta quizá esté, en primer lugar, en la efectividad de esa maquinaria electoral-publicitaria. Es probable que muchas de las personas que votaron por el oficialismo llevaban en sus cabezas, como un disco rayado, los slogans de la campaña ("voto por ella porque es firme y honesta"), sin reflexionar realmente sobre las propuestas reales, las cuales son, dicho sea de paso, un continuismo de las políticas de la actual administración. En segundo lugar, hay que señalar el peso de la tradición política. Muchas personas votan por un color (independientemente del candidato) basados en una ingenua costumbre familiar que tiene sus bases en percepciones nostálgicas de otros tiempos cuando los grandes partidos libraron luchas por el pueblo y lograron conseguir importantes avances en materia social y garantías individuales. Pero no es nada más que eso, una percepción nostálgica, porque a través de los últimos 20 años las estructuras partidistas han evolucionado hacia una especie de engendro neoliberal, dejando a su paso una estela de casos de corrupción, desmantelamiento del aparato estatal, el acrecentamiento de la brecha social y la pobreza, el abandono de la infraestructura vial, y la vejación de los recursos naturales, entre otras cosas. En tercer lugar, hay un miedo tácito entre la gente hacia tenden
cias políticas "izquierdosas". Todo aquello que huela a diferente, progresista o revolucionario es de inmediato señalado, escojan ustedes el epíteto de turno (comunista, radical, etc). Cualquier tendencia de centro, centro izquierda, o de izquierda moderada cargará con el peso de ese estigma, aún y cuando sus propuestas vayan en favor de la gran mayoría. No se interprete esto último como una apología de la izquierda política. Sin bien es cierto existe una cierta injusticia histórica, las alianzas progresistas en este país han brillado por su ausencia, haciendo gala del viejo pero infaltable mal humano en el que cada quien "jala para su propio saco".
Esta Costa Rica que tenemos ahora, no es la misma de los cuentos de hadas. Hay un peligroso desmedro en nuestras condiciones de vida, un descalabro paulatino que ahora muchos sufren. ¿Necesitaremos acaso tocar fondo para poder ver la realidad tal y como es? Ojalá que no.
Pero ¿por qué el mismo electorado que se rasga las vestiduras y proclama su desencanto con la política termina eligiendo a sus gobernantes a través de un mero ejercicio tradicionalista? La respuesta quizá esté, en primer lugar, en la efectividad de esa maquinaria electoral-publicitaria. Es probable que muchas de las personas que votaron por el oficialismo llevaban en sus cabezas, como un disco rayado, los slogans de la campaña ("voto por ella porque es firme y honesta"), sin reflexionar realmente sobre las propuestas reales, las cuales son, dicho sea de paso, un continuismo de las políticas de la actual administración. En segundo lugar, hay que señalar el peso de la tradición política. Muchas personas votan por un color (independientemente del candidato) basados en una ingenua costumbre familiar que tiene sus bases en percepciones nostálgicas de otros tiempos cuando los grandes partidos libraron luchas por el pueblo y lograron conseguir importantes avances en materia social y garantías individuales. Pero no es nada más que eso, una percepción nostálgica, porque a través de los últimos 20 años las estructuras partidistas han evolucionado hacia una especie de engendro neoliberal, dejando a su paso una estela de casos de corrupción, desmantelamiento del aparato estatal, el acrecentamiento de la brecha social y la pobreza, el abandono de la infraestructura vial, y la vejación de los recursos naturales, entre otras cosas. En tercer lugar, hay un miedo tácito entre la gente hacia tenden
Esta Costa Rica que tenemos ahora, no es la misma de los cuentos de hadas. Hay un peligroso desmedro en nuestras condiciones de vida, un descalabro paulatino que ahora muchos sufren. ¿Necesitaremos acaso tocar fondo para poder ver la realidad tal y como es? Ojalá que no.
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