Fue en agosto de 1791 cuando, según la historia, el sacerdote vudú Boukman Dutty condujo una especie de ceremonia de liberación en un lugar llamado Bois Caïman, situado en medio de las plantaciones esclavistas francesas, en la isla alguna vez nombrada por Cristobal Colón como La Española, y que hoy conocemos como dos países distintos: República Dominicana y Haití. La ceremonia, en la cual se dice que se sacrificó un cerdo como símbolo de lo libre, salvaje e indomable, a la postre fue el catalizador para la gran revolución haitiana, que condujo al hecho histórico de la abolición de la esclavitud en la entonces colonia francesa. Se trataba, ni más ni menos, del primer movimiento revolucionario surgido de la población que tuvo éxito frente al sistema esclavista de ultramar que imperaba en la época. Años más tarde, en 1804, Haití proclamó su independencia, siendo el segundo país en el continente americano en hacerlo, después de Estados Unidos.
De ese ímpetu que caracterizó a Haití durante la época mencionado, poco fue quedando conforme el pasar de los años, diluido en medio de largas ocupaciones militares estadounidenses, golpes de estado y crueles dictaduras por parte de inescrupulosos líderes políticos borrachos de poder y fortuna. Si no que lo diga el tristemente célebre François Duvalier, alias Papa Doc, quien se declaró así mismo presidente vitalicio del país allá por 1964, ante la
mirada beneplácita de la potencia norteamericana.
La pomposidad del palacio presidencial haitiano (hoy destruido por las fuerzas del terremoto) parecía hacer burla del pueblo, en donde la gran mayoría de las personas sobreviven con menos de un dólar al día, casi la mitad de la población es analfabeta, los fenoménos naturales golpean con fuerza debido a la devastación ambiental, uno de cada ocho haitianos tiene la enfermedad del VIH/SIDA, y la gente, ante la hambruna, se alimenta con pelotas de barro cocidas con manteca y sal. Esto y más, pasa todos los días en Haití. Y pasaba también antes del terremoto, aunque usted no lo crea y aunque CNN no lo pusiera en su horario estelar.
Haití se convirtió a lo largo del tiempo en la pequeña África de nuestro hemisferio. Igual que en los países más pobres del llamado continente negro, la gente en la isla caribeña sufre uno de los males aún más graves que todos los que podamos citar acá: El olvido. Ni los organismos internacionales ni las potencias mundiales han prestado la atención que el país se merece. Esto es, por supuesto, la misma vieja historia aplicada a un nuevo protagonista. Como siempre, los intereses económicos y guerreristas de unos pocos son más importantes. Ya no se acuerdan esas potencias occidentales del desangramiento que hicieron al país, de cómo se hicieron ricos ocupando la mano de obra de más de 300000 esclavos, de como impulsaron embargos y pagos de indemnizaciones a un país recién convertido en independiente. No, no se acuerdan, y además de eso, dan la espalda mientras cuentan sus millones y se regodean con sus industrias de primer mundo, y su educación de primer mundo, y sus sistemas de salud de primer mundo, en fin, su desfachatez de primer mundo.
Se dice que luego de la devastación del terremoto de hace una semana, Haití podría tardar una década en reconstruirse totalmente. ¿Cuánto tardará la noticia del terremoto en salir de los titulares? Hagan sus apuestas, y de paso, no se olviden de Haití, el país más pobre del continente americano, y nuestro pequeño pedazo de África.
De ese ímpetu que caracterizó a Haití durante la época mencionado, poco fue quedando conforme el pasar de los años, diluido en medio de largas ocupaciones militares estadounidenses, golpes de estado y crueles dictaduras por parte de inescrupulosos líderes políticos borrachos de poder y fortuna. Si no que lo diga el tristemente célebre François Duvalier, alias Papa Doc, quien se declaró así mismo presidente vitalicio del país allá por 1964, ante la
mirada beneplácita de la potencia norteamericana.La pomposidad del palacio presidencial haitiano (hoy destruido por las fuerzas del terremoto) parecía hacer burla del pueblo, en donde la gran mayoría de las personas sobreviven con menos de un dólar al día, casi la mitad de la población es analfabeta, los fenoménos naturales golpean con fuerza debido a la devastación ambiental, uno de cada ocho haitianos tiene la enfermedad del VIH/SIDA, y la gente, ante la hambruna, se alimenta con pelotas de barro cocidas con manteca y sal. Esto y más, pasa todos los días en Haití. Y pasaba también antes del terremoto, aunque usted no lo crea y aunque CNN no lo pusiera en su horario estelar.
Haití se convirtió a lo largo del tiempo en la pequeña África de nuestro hemisferio. Igual que en los países más pobres del llamado continente negro, la gente en la isla caribeña sufre uno de los males aún más graves que todos los que podamos citar acá: El olvido. Ni los organismos internacionales ni las potencias mundiales han prestado la atención que el país se merece. Esto es, por supuesto, la misma vieja historia aplicada a un nuevo protagonista. Como siempre, los intereses económicos y guerreristas de unos pocos son más importantes. Ya no se acuerdan esas potencias occidentales del desangramiento que hicieron al país, de cómo se hicieron ricos ocupando la mano de obra de más de 300000 esclavos, de como impulsaron embargos y pagos de indemnizaciones a un país recién convertido en independiente. No, no se acuerdan, y además de eso, dan la espalda mientras cuentan sus millones y se regodean con sus industrias de primer mundo, y su educación de primer mundo, y sus sistemas de salud de primer mundo, en fin, su desfachatez de primer mundo.
Se dice que luego de la devastación del terremoto de hace una semana, Haití podría tardar una década en reconstruirse totalmente. ¿Cuánto tardará la noticia del terremoto en salir de los titulares? Hagan sus apuestas, y de paso, no se olviden de Haití, el país más pobre del continente americano, y nuestro pequeño pedazo de África.
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