Justamente comenzaba a escribir estas líneas cuando me enteré que en Costa Rica se había confirmado el primer caso de gripe porcina. Pero las reacciones que pude observar me convencieron de no cambiar el titulo a este artículo. Por un momento no pude evitar pensar algo que leí sobre la noche del 31 de Diciembre del año 999 d.C: Era la víspera del año 1000 ¿cuántas cosas inimaginables y horrendas podían suceder? Se creía por aquel entonces en la supersticiosa Europa que el cambio de siglo traería consigo el fin del mundo, el Apocalipsis terrenal, el exterminio de la civilización. Mucha gente se postró ante el aquel entonces papa Silvestre II en una misa con tintes fatalistas… muertos de miedo escucharon las doce campanadas anunciando la hora temida. Pero nada ocurrió, al menos no nada fuera de lo terrenal (porque sí hubo saqueos, robos, violaciones, abusos, gente que vendió sus posesiones, etc).
De esa noche de terror injustificado a nuestra época han pasado muchos siglos, pero la histeria colectiva sigue siendo una respuesta común en nuestro asustadizo género humano. Esto, por supuesto, no es gratuito. Algunas veces fabricados por la prensa (como en el reciente caso de los “inminentes” ataques terroristas en Estados Unidos después del 11 de Setiembre) los anuncios de alarma trompeta en mano han sido siempre muy comunes. Algunos han servido como instrumento político, otros han visto la luz debido a errores de manipulación de la información. Muy pocos, sin embargo, han tenido el desenlace catastrófico que desde un inicio se sugiere.
Ahora bien, no estoy diciendo acá que la ya ampliamente temida gripe porcina deba tomarse a la ligera. Es evidente que representa un riesgo que debe ser controlado. El asunto es que cuando cunde el pánico la gente es capaz de cosas increíbles. Algunos ejemplos: el negocio con las ventas de mascarillas en México, o algo más cercano, mi compañera de trabajo buscando el nombre de la supuesta primera víctima en el Registro Civil para poder saber dónde vivía y quién era…
Mantener la calma, sin embargo, no es fácil. Yo mismo debo admitir que algo por dentro se me removió al leer lo del primer caso en suelo tico. Y los rumores dicen que en horas de la tarde se habían agotado los suplementos de vitamina C, y los jabones en gel. ¡Ya hay gente vendiendo mascarillas en la calle! Esto a pesar de que en realidad no se necesitan, al menos no por el momento según las autoridades. Tomar las previsiones del caso y no arriesgar más de lo necesario: he ahí la sencilla fórmula.
Creo que lo mejor que se puede hacer es no alimentar la paranoia, un monstruo de apetito voraz. No crear falsos rumores ni caer en el juego del terror. No incentivar el vano fatalismo ni el pavor colectivo. ¡No vaya a ser que de rodillas nos sorprendan las doce campanadas!
0 comentarios:
Publicar un comentario