Mientras continuaba tomando fotos y seguía anonadado por la belleza de las ballenas, no podía dejar de preguntarme ¿cómo es que alguien puede tan siquiera considerar herir a uno de estos nobles animales? ¿O incluso matarlo, clavarle un arpón hasta que se desangre? ¿Cómo es posible que tantos intereses económicos atenten contra la supervivencia de una especie milenaria? ¿Cómo va a ser que a nivel político se siga discutiendo si debe o no seguirse con una cacería basada en irrealidades, mitos científicos, falsedades y manipulaciones?
En el pacífico de Costa Rica, ese grupo de ballenas nadaba en paz, a sabiendas de la anchura del mar que tienen como hogar. Realmente se veían felices, si me permiten robar este término que a menudo se considera exclusivo de nuestro soberbio género humano. Luego de un rato, se alejaron finalmente de nosotros. En algún momento, en los próximos meses, se irán de aguas costarricenses y seguirán cruzando el océano, sin la garantía de volver el próximo año, no precisamente por causas naturales…
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