miércoles 11 de enero de 2012

El caso del diamante robado

Recientemente recibí la muy buena noticia de que mi primer libro había recibido su aprobación para ser publicado por una editorial nacional. Del libro ya comentaré más en su momento, pero la alegría que

me provocó esta buena nueva me transportó a uno de los momentos más felices de mi vida, allá por mis ahora lejanos 13 años.

Yo había comenzado a escribir desde los 12, luego de tres años de lectura activa y voraz. Intenté emular la aventura de uno de esos populares libros de dungeons and dragons, un regalo despreocupado de una de mis tías. En estos libros uno como lector tiene cierto poder sobre el desenlace de la historia, ya que al final de algunos capítulos aparece una serie de opciones que marcan distintos caminos en el devenir del libro y de la aventura del héroe de turno. Ignoro adonde habrá ido a parar el cuadernillo en el que, por aquel entonces, garabateé mi primer intento de novela. En los siguientes meses escribí algunas historias menores, también perdidas, hasta que escogí una para enviarla, con gran ilusión, a la Revista Tambor, una publicación bimensual que acompañó parte de mi niñez y adolescencia, y a la que recuerdo con gran cariño. Poco más de un año transcurrió hasta que, un sábado por la mañana, llegó a mi casa el número 231 de la revista, con su flamante fotografía de Lucero en la portada y con mi cuento adentro de sus páginas. A causa de la contentera, los gritos y los brincos terminé despertando a toda mi familia. Y no era para menos: ¡Me había convertido en un autor publicado!

Muchos años han pasado, y muchas páginas más he escrito luego de este episodio. Una vez, estando en una biblioteca pública encontré un ejemplar de la revista en cuestión (el original mío se había perdido, tristemente). Confieso que no dude en robármela, descaradamente, de los estantes de la biblioteca. Todo sea por el bien de los buenos recuerdos ¿no?

Y hablando de eso, acá transcribo, integralmente, mi primer cuento publicado "El caso del diamante robado". Espero sepan perdonar los claros errores de escritor novel. Que lo disfruten.

...

EL CASO DEL DIAMANTE ROBADO.
José Luis Morales, 13 años.
Cañas, Guanacaste.

Soy un detective privado de la ciudad de Virginia. De hecho, apenas gano para comer. Mi nombre es Sam y parece que todos los detectives se llaman así. Mi madre escogió el nombre muy bien.

Me encontraba un día como todos en mi oficina, mascando goma de mascar (o más bien un pedazo de papel, pues dinero no tenía). Pocos días antes, se había cometido un crimen que no había pasado desapercibido para ningún habitante de la ciudad: el robo del diamante Vermont, y los principales sospechosos eran Rany DeBone y su banda.


Estaba tan aburrido que salí de mi oficina, que ya se caía en pedazos, y me dirigí al bar de Carlitos (no puedo precisar la hora pues no tenía reloj).

Al entrar a aquel lugar, mi sorpresa no fue para menos: Allí se encontraban DeBone y su banda. DeBone parecía embriagado, ya que andaba de aquí para allá, bailaba, en fin, toda clase de locuras.

Antes de jugar a la botellas (la idea fue de DeBone) yo le noté en su mano izquierda un anillo, con el diamante Vermont sobre él. Antes de tratar de ser un héroe, preferí sentarme en un rincón y pedir un vaso de agua (no pregunten).

Cuando el maleante estaba a punto de besar a una linda muchacha, entraron a aquel bar varios policías, comandados por el comandante Robert Salinski. A mi ya me había caído mal de sólo verlo... Salinski se acercó a DeBone y le dijo firmemente: Está usted arrestado, tiene derecho a... bla... bla... bla. Fue despojado de sus armas, pero no le quitaron el anillo. Me levanté para avisar de aquel olvido pero, en el momento en que lo hacía, se apagaron las luces y casi dos minutos después se volvieron a encender. Volví la mirada hacia DeBone: ya no tenía ni el anillo ni el diamante. Rápidamente saqué mi pistola y pregunté al inculpado en el robo.

-¿Dime donde está el diamante?

Se acercó y me dijo:

-Lo tiene Salinski -dijo, señalándolo.

Este fue revisado y se le encontró el anillo, pero no el diamante. Al llevarse al policía corrupto, este gritaba:

-¡Traidor, traidor, me las vas a pagar!

DeBone fue encontrando las monedas que se le habían caído, en una búsqueda que realizó después del embrollo. Al salir de aquel lugar, noté algo que debí haber visto antes, DeBone cojeaba. ¿Por qué lo hacía? Poco antes de apagarse las luces no lo hacía. También noté que llevaba el pie izquierdo un poco levantado. Sin más ni más, me lancé hacia él y le quité el zapato: ¡ahí estaba el diamante! Sostuve a DeBone lo más fuerte que pude hasta que llegaron los policías. Lo mejor fue que los dos de la banda ya habían escapado, si no... El bandido fue llevado a la cárcel. Salinski fue juzgado y encontrado culpable de corrupción y complicidad en el crimen, y ambos cumplirán una gran condena en prisión.

Al parecer, Salinski fue partícipe del robo y, al darse cuenta que la policía había ideado un plan para detener a Debone, esto no le servía al ex-comandante, así que simuló haber arrestado a DeBone, para que este pudiera irse libre, pero cierto persona impidió que sucediera...

En cuánto a mí, cobré la recompensa, compré reloj, goma de mascar, arreglé la oficina, la convertí en casa y me retiré del negocio. Pero el detectivismo aún está en mí, y quién sabe, tal vez algún día vuelva a las andadas.




martes 22 de noviembre de 2011

La fila del concierto

Pocos ambientes son tan pintorescos como la fila para un concierto. Perdón, voy a reformular: Pocos ambientes son tan pintorescos como la fila para un concierto en Costa Rica. Si alguna vez aflora aquel sempiterno estado del puravidismo es definitivamente en esas horas previas en las que se aguarda pacientemente frente al recinto que albergará el recital. Poco importa el género musical o la hora de la actividad, siempre queda espacio para un poco de camaradería, vacilón y chota muy al estilo made in tiquicia.

La última experiencia masiva que dejó esto muy en claro aconteció el pasado 20 de noviembre, cuando llegó el día del tan esperado concierto de Pearl Jam en suelo costarricense. En las inmediaciones del Estadio Nacional nos congregamos miles de personas dispuestos a disputar un campo privilegiado en el área de gramilla (mal llamada VIP). Dado que fue un domingo, la fila ya alcanza unos 500 metros cuando yo llego. Tengo que hacer un gran recorrido para poder encontrar a mi amigo Beto, que ha llegado antes, y conforme avanzo desfila ante mí un variopinto menú de personalidades. Los fans de hueso colorado con sus camisetas simbólicas, los que apenas conocen 2 o 3 canciones y que llevan camisetas de producción masiva, las chicas en tacones que parecen no pertenecer al ambiente, algunos grupos provenientes de otros países, los infaltables revendedores y su espíritu de buitres al acecho, los recolectores de latas de alumnio, los vendedores de capas de procedencia china y materiales de calidad dudosa, y bueno, los vendedores de casi cualquier cosa: chicles, confites, chocolates, patí, cigarros, cervezas y hasta... pachas de guaro. En efecto, un señor cincuentón pasa por la fila como quien no quiere la cosa, con un sospechoso bulto al hombro. De él saca, una vez lejos de las miradas de las autoridades, algunas cuartas de ron y guaro que anuncia en un precio (no podía ser de otra forma) inflado. Precio que al fin y al cabo a las gargantas sedientas de alcohol no parece importarles mucho. Sucede lo mismo con las cervezas y los cigarros, cotizadísimos artículos que incluso en algunos momentos llegan a estar escasos. Lo curioso con esto, por otro lado, es que los precios se prestan para la especulación. Ni las mismísimas bolsas de valores tienen tanto vaivén como sucede con el costo de las cosas durante las horas previas al concierto. Cerca de la hora del almuerzo la comida tiene un costo gourmet, cuando llueve las capas chinas aumentan mágicamente de precio y dejan de estar en 2x1, y ni qué decir de las entradas en reventa para el chivo; están más cercanas a la estratosfera que a los bolsillos de cualquier pobre mortal. Sin embargo cuando ha pasado la lluvia las capas se ofrecen en ofertas ridículas, cuando abren las puertas y la fila avanza la comida casi que se regala, y cuando ya ha empezado el concierto las entradas (a veces) se pueden conseguir hasta en un 50% menos del costo original.

Pero bueno, la gente lidia con todo esto con un humor increíble. La camaradería se hace presente y es fácil ver a dos desconocidos haciendo banca para comprar unas capas a medias. Algunos se inmiscuyen en la conversación de quien tienen a la par sin pedir ningún tipo de permiso (sí, Johnny, estoy hablando de vos, cuarentón simpático), sobre todo cuando el tema tiene alguna relación con la banda que estamos a pocos horas de ver en vivo. Poco a poco los grupos de extraños departiendo va creciendo hasta el punto en que las risas y las bromas se hacen notorias. Algunas personas son blanco fácil, como por ejemplo el señor que vende capas y augura todavía 3 aguaceros más, o los grupos de féminas que tienen la desgracia de pasar frente a los grupúsculos de machos. Debe ser el comportamiento de manada, o quizás la necesidad de alivianar las horas de tensión y de cansancio que ha provocado la larga fila. Nadie ejemplifica esto mejor que Víctor, un joven de Aserrí que hace fila desde temprano junto a su hermano. Llevan una bolsa con comida (hamburguesas), cervezas y una pacha de guaro. Están de buen humor y pronto se hacen amigos nuestros y de un grupo de panameños que viajaron para el concierto. Su caso no sería nada extraño excepto por el hecho de que a Víctor no le corresponde hacer fila allí, pues compró una de las localidades más baratas, y numerada. O sea que si quisiera podría llegar al estadio a las 9 de la noche sin pasar por ninguna incomodidad. Pero dice que a él no le importa, ya que "la gente pichuda está aquí", y aunque la plata no le alcanzó para la entrada más cara, jamás se perdería el ambiente previo. ¿Estaría hablando en serio? Contó la anécdota de otro concierto en donde hizo exactamente lo mismo, así que por lo menos despierta el beneficio de la duda. Ya han abierto las puertas y la fila se mueve, y Víctor queda atrás pues sigue congeniando con otra gente de la fila a quienes en su vida ha visto. Me hubiera gustado saber qué pasaba con él y su hermano, pero una vez que hemos cruzado el primer puesto de seguridad solo pensamos en correr para, luego de haber evacuado la vejiga, conseguir el mejor lugar posible frente al escenario. Pero eso, eso ya es otra historia.

lunes 14 de noviembre de 2011

Costa Rica, el recuento de los indignados.

Habría sido un viernes cualquiera de no ser por la visible acumulación de "onces" en el calendario. En parte gracias a la afición que tenemos los humanos a tales casualidades, y en parte por el creciente movimiento que protesta por el manejo político y financiero del mundo, se organizó por todo el orbe una serie de manifestaciones de los así llamados "indignados". El movimiento del 11-11-11 llegó también a Costa Rica, cuando básicamente a través de las redes sociales se lanzó el llamado a unirse a la causa y protestar a nivel local por un sin número de puntos que poco a poco van engrosando la lista del que, de existir, se llamaría "el manifiesto de la desfachatez política". Razones para indignarse sobran, y alcanzan para esta vida y otra más quizás. Bastaría por hacer un repaso tan solo de las noticias de las últimas semanas: El Seguro Social totalmente saqueado y en peligro, Un diputado con un récord criminal insólito, un sistema político-partidario-electoral totalmente infestado de corrupción impune, un poder judicial infiltrado y poco confiable, la incapacidad e ineficiencia en la administración pública y, finalmente, la confabulación e imposición de un plan fiscal que a todas luces le dará el coup de grâce a la clase trabajadora del país.

Estuve ahí a las 10 de la mañana, hora en la que se convocó a la gente con deseos de manifestarse. De entrada, una señora con acento español me da un papelito y me informa sobre la concentración. Ya ven, ya no nos basta con los frijoles, la papá y el ajo. Ahora también importamos indignados. Justo en ese momento alcanzo a ver también a tres estadounidenses de avanzada edad, plenamente identificados con pancartas. Según lo que puedo captar de su conversación, andan buscando algo qué comer, y no dudan en entrar al McDonalds que está ahí, cerquita. Una curiosa manera de protestar contra la voracidad de las corporaciones multinacionales.

Me acerco un poco al punto de reunión y, la verdad, veo muy poca gente. En algún momento incluso parece haber más personas arremolinadas frente al puesto improvisado del vendedor de películas piratas (y es que, siendo justos, el tipo las da probadas y todo). Ticos al fin y al cabo, tarde y a cuenta gotas van llegando más manifestantes. En su punto máximo de concentración (por ahí de las 10.30am) esto no alcanza, sin embargo, para tomar la Plaza de la Cultura, una de las consignas principales de la convocatoria inicial. Hay que reconocer, eso sí, que quienes están ahí lo hacen con pasión: llevan pancartas, gritan consignas, se disfrazan, pintan, se toman de las manos, se abrazan, hacen rituales, y sí, se indignan. Pero ¿es que acaso esto es suficiente?

En primer lugar habría que cuestionar la estrategia. Está muy bien dar el paso y querer trascender el facebook (donde es muy cómodo compartir un video o una noticia) pero ¿hacer la manifestación un día laboral en horas de la mañana? De sobra queda decir que el grueso de los presentes lo conformaban estudiantes, pensionados y quienes, por su trabajo (¿ONG's? ¿fotógrafos?), podían estar allí. Personalmente quiero creer que había mucha, muchísima gente que hubiera querido llegar, y no pudo. Tal vez en lugar de tener a un puñado de ciudadanos se pudo tener a miles, provocando un verdadero impacto en la opinión pública. Esto, por supuesto, me lleva a otra cosa. Una buena movilización debería estar acompañada de propuestas concretas para cambiar la situación política. Ciertamente se leyó en algún momento el "Primer Manifiesto Indignados Costa Rica", que en el fondo parece ser una interesante lista de demandas carente de una propuesta metodológica. Algo así como el "qué queremos" sin incluir el "cómo lo vamos a hacer". Hasta el momento, me da la impresión que este movimiento es apenas una convergencia de esfuerzos aislados y pasionales sin un norte claro.

Yo esperaría, por supuesto, que esto cambie. Que más gente salga de su embobamiento masivo y y despierte a la realidad. Que se den cuenta que el país está en manos de esos que ellos mismos pusieron en el poder con sus votos, y que los han defraudado al gobernar únicamente para sus intereses mercantilistas (desde hace ya muchos años). Que reaccionen con verdadero enojo ante la posibilidad de no tener una vejez digna o ante el implacable avance de la pobreza y el desempleo. Y que una vez que exista una fuerza apabullante que tome las calles con presencia abrumadora, surjan quienes aglutinen las distintas propuestas y les den un rumbo objetivo y realizable. Al fin y al cabo, el enojo definitivamente está en la calle. Solo falta canalizarlo un poco.

lunes 10 de octubre de 2011

Tipología del accidente matutino*

No. 1: Pasta de dientes sobre la ropa (1983)

Uno puede ser una buena persona o un buen escritor, pero nunca ambas cosas. Y esto lo digo con la mayor franqueza del caso.
A las pruebas me remito.
Esta mañana me ha telefoneado mi editor, hablaba rápidamente con su habitual hipocresía dulzona. Luego de un saludo forzado, ha vuelto a felicitarme por el premio que gané hace ya un año, lo cual de entrada me pareció sospechoso.
-Por cierto, ya tenemos listo tu nuevo proyecto- dijo, cambiando radicalmente al tema que lo había hecho marcar mi número. El silencio debió haberle comunicado mi extrañeza, porque de inmediato comenzó a explicar.
- Mirá, te vamos a colocar en la palestra de los escritores de éxito internacional (sonaba como leyendo algún comunicado de prensa redactado a última hora), serás el Vargas Llosa tico, el García Márquez de Centroamérica.
No me parecía que la novelita que tenía en ese momento apenas en los primeros chorreos de tinta diera para tanto, sin contar el hecho de que mi editor no estaba informado de que había yo comenzado aquella aventurilla literaria (me gusta llamarle así, le llevo cariño a la historia). Así que le exigí más explicaciones.
- Mirá, escribirás la historia de tres expresidentes, pero desde otra, digamos, perspectiva. Ya tenemos toda la información, costó conseguirla pero es verídica y de buena fuente. Ya sabés, cuando se trata de chismes, nunca faltan voluntarios para compartirlos desinteresadamente- bromeó forzadamente.
El apellido se me había comenzado a subir.
-Mae Gustavo – le dije - ¿qué putas pasa?
Se sinceró conmigo. Me explicó que eran órdenes que venían “desde arriba”. Que aquellos tres personajes tenían “cuentas que pagar” y que sus “acreedores” habían decidido ponerse creativos. Que ahí era donde entraba yo. Que a esas “gentes” no les bastaba con publicarlo en notas descartables de tabloides locales. Que querían algo memorable, que perdurara en el recuerdo del pueblo, y que humillara a destajo a las víctimas. Que una novela histórica basada en hechos reales y escrita por un autor de buen perfil (o sea yo, según ellos) sería perfecta. Que se vendería como pan caliente, que ellos se encargarían de la publicidad, las presentaciones y las giras, que en eso no escatimarían gastos. Que yo nada más me asegurara de escribir con la sorna que me caracteriza (¿?) y que no tuviera tapujos. Me negué de inmediato y con vehemencia, no quería estar metido en tales embrollos de alta alcurnia. Pero el muy cabrón de Gustavo ya tenía preparada su contrapropuesta.
-Mirá (siempre el maldito “mirá”), vos sabés que con este tipo de gente es mejor que ellos te deban un favor ¿me entendés? O sea, no creás que no han indagado sobre tu pasado. Ya sabés que el año pasado logramos tapar bien aquella vara del supuesto plagio, no me malentendás, yo estoy con vos, pero diay un escándalo así solo basta una cosita para destaparlo ¿ves?
Lo entendí todo de inmediato. Estaba atrapado entre dos horizontes, uno realmente tentador y placentero, el del éxito, y otro completamente aborrecible: el de la humillación pública y el desprestigio.
Acepté, maldita sea, acepté. Vi como todo lo que se había construido en el transcurso de un año se podía ir por el desagüe, y acepté sin el más menor escrúpulo. Lo que Gustavo explicó a continuación sonó como un desfile lejano de instrucciones fríamente planificadas, repetidas de un mando a otro inferior en sucesión continua.
-Cambiá los nombre ligeramente, pero no tanto como para que la gente no pueda reconocer de quien se está hablando – fue lo último que dijo. No se despidió antes de colgar.
Con una frialdad que no reconocí, seguí mi rutina. A las 11 debía estar en la conferencia “El Ulises de Joyce: nuevas lecturas”, una estupidez pretenciosa organizada por un par de académicos universitarios chupa-sangre. Realmente mi única motivación para acercarme era Elsa, la chica de la embajada. La del acento catalán de infarto, la de las tetas de lujo. Y pues sí, me tiene como loco. Me puse la guayabera negra que tanto me elogió la otra noche en la presentación del libro de Luis, escritor interesante (“interesante” es un eufemismo). Pensando en sus miradas sobre mí me fui a lavar los dientes y con una inevitabilidad suprema un chorrito generoso de dentífrico fue a caer justo en la parte de afuera de la bolsa del lado izquierdo. Jueputa mierda. El agua no sirvió para nada y ahí quedó una manchita lo suficientemente discreta como para ser notada a leguas.
Un mensaje de texto de Gustavo me hizo salir del baño. “Revisá tu correo”. Ahí estaba toda la información, lista, uniforme, organizada, esperando a que yo la convirtiera en best-seller. No era mucho, a decir verdad, solamente lo necesario para herir certeramente. Luego de una rápida inspección, y como poseído por una vigorizante necesidad de venganza (alguien tenía que pagar por lo de la guayabera) di comienzo a la novela.

“En noviembre de 1983, momento en que el prolífico presidente Monger declaró la neutralidad activa del país, pocos sospechaban que cuando se trataba de recibir en su despacho a jovencitos en edades tiernas don Luis Roberto ciertamente abandonaba la neutralidad para convertirse en un activo entusiasta.”

Golpeando el teclado puse punto final al párrafo que completó mi transmutación en un ser humano detestable.

No. 2: El calzoncillo engomado (1990)

Esta mañana antes de despertar estuve soñando con Elsa. Estaba tendido sobre ella, el lugar me parecía algún parque capitalino, pero estaba vacío. Ambos estábamos desnudos, y yo le mordisqueaba los pezones, lentamente. Me vine. Putas sueños mojados. Lo peor es la incomodidad, toda la ropa embarrada, no sabe uno de dónde agarrar. Putas sueños mojados.
Aquel día no pasó nada. Esta vez ni siquiera me alabó la guayabera (ni hablo mejor de la infame mancha de pasta de dientes). 

“En los corrillos de la Casa Presidencial casi era visto con absoluta naturalidad el que el presidente Caldero tuviera una amante.”

Más bien me pasé todo el rato conversando con Miguel, un simpático muchacho con aspiraciones nulas, y que trabaja como prensista en la editorial. Con un retazo de sabiduría popular me hizo ver que compartía mi afición por Elsa.
-Mae esa Elsa si está rica, solo le falta ladrar a esa hijueputa.
Me reí ligeramente mientras veía a la catalana rodeada de varios hombres pretendiendo ser interesantes.
Mae Juan Pablo – insistió- hágame la vuelta ahí, yo veo que usted es compa de la hembra.
-No jodás – le respondí- ese culito es mío.
Soltó la risa y me pegó una palmada en el hombro que me hizo derramar un poco del vino barato que habían servido los sofocados meseros luego de la insoportable conferencia. 

“Lo que sí les había parecido el colmo del atrevimiento a los empleados gubernamentales era que don Gabriel Ángel había llevado a su concubina a la actividad en la que todos se iban a reunir para observar el juego en el que la selección nacional de fútbol se jugaba la clasificación a la siguiente ronda ante nada más y nada menos que el combinado sueco. Toda la prensa estaría ahí. Peor aún, el mandatario tuvo la brillante idea de sentarse justo en medio de la susodicha y de su esposa, doña Esperanza. Por supuesto nadie sospechaba que ocurriría lo que sucedió al final. El presidente Caldero, en medio de la emoción por el segundo gol anotado por Medford para Costa Rica y que garantizaba el pase a octavos de final, se confundió por un breve segundo y se volteó a abrazar a su ya no tan secreta amante. Por supuesto que de inmediato y sobre la marcha corrigió el error, pero ya todo había quedado registrado ante las cámaras. El incidente fue motivo de burla incesante en los noticieros nacionales durante varios días.”

Cuando Elsa se despidió contándonos como gran cosa que Gustavo se había ofrecido a llevarla hasta su casa (lo odié aún más) convencí a Miguel de que fuéramos por unas cervezas a algún bar cercano. No tuve que insistir mucho.

No.3: La lengua quemada con café hirviendo (2002)

Y ¿yo que sé si lo que viene en ese informe es verdad o mentira? ¿Acaso queda ya en mí espacio para la defensa de la moral y la suprema honestidad humana? Ahora más que nunca entiendo a Haller y su orgía de autodesprecio… Pero este barco que ahora se hunde irremediablemente no se irá al fondo sin arrastrar a otros cuantos que se pasean por ahí pretendiendo ser los nuevos portadores del estandarte de la intelectualidad de este país.
¡Mierda!
Por estar de conspirador y no poner atención, me quemé el alma con este café que siempre está en ebullición. Hay que revisar ese coffee Maker.

“Don Juan Ángel Rodrigues por su parte continuaba realizando ingentes esfuerzos por ocultar las verdaderas dimensiones de su desmedida ambición: el dinero”.

Bastaron cuatro cervezas y Miguel lo soltó todo. Eso sí, estaba un poco reacio, así que le tuve que dar mi palabra, muy a mi pesar, de que le ayudaría con Elsa (el pobre no tiene la menor oportunidad). Me explicó (innecesariamente creo yo) que el local de la editorial es muy pequeño, y que todos se enteran de todo. De todo. Me dijo que Gustavo había propuesto mi nombre para el proyecto, que tenía sangre en el ojo conmigo, que justamente Elsa era la razón principal (acá sonreí internamente), pero habían otras cosas. Que el libro que me habían publicado desplazó al suyo, una novela que se había pasado escribiendo durante 6 años, un inmenso manuscrito que ahora acumulaba polvo en las bodegas. Que Gustavo confiaba en que la bola de demandas que se iban a venir una vez se publicara este libro en el que yo trabajaba iba a ser demasiado para mí, que me iba a destruir, aún cuando los interesados estaban dispuestos a cubrir todos los gastos legales. 

“Así que cuando se puso en marcha el proyecto que canalizaría en uno solo al proveedor nacional de la Revisión Vehicular Técnica, el entonces presidente no dudó en acudir a su hijo mayor, quien compartía con su progenitor el dulce apego por los billetes de alta denominación. Le filtró los detalles técnicos de la licitación meses antes de que estos salieran a concurso público, dejando al hijo de don Juan Ángel en clara ventaja frente a los posteriores competidores, que nada pudieron hacer. En julio del 2002 la empresa fantasma creada por el primogénito del mandatario se adjudicaba el otorgamiento del contrato millonario y entró en funcionamiento bajo el flamante título de REVETE, aún y a pesar de las ardientes protestas que se expandieron por todo el país.”

Yo cumplí con mi parte. No pude evitar notar la cara de decepción de Elsa cuando le hablé de Miguel. Se ve que la chica algo quería conmigo… Bah, ya no importa. Tal vez tenga un mal polvo con él para desquitarse. Bien por el muchacho, tendrá sus dos minutos de gloria desenfrenada. Mejor aún, porque sé que cumplirá con su parte: Sin que Gustavo ni nadie lo sepa, insertará a última hora en el taller de impresión el capitulo final alternativo de la novela, mi discreta venganza. Cuando el libro salga a la calle, ya será demasiado tarde. 

No.4. El dedo gordo contra la pata de la cama (2006)

Duele. En Puta. Pero debo terminar. Tragáte esto, Gustavo.

“Luego de las ajustadas elecciones del 2006, cuando todos los trapos sucios salieron a relucir sin distingo de bando, los tres expresidentes decidieron que era hora de parar semejante filtro de información. Lamentablemente para ellos, tomaron una serie de decisiones desafortunadas que terminaron por destruir su imagen por completo. La primera de ellas (y quizás la más desacertada) fue acudir al otrora afamado editor Gustavo Falas, venido a menos por el escándalo de sus muchas aberraciones, entre las que se contaba su particular gusto por espiar a las mujeres mientras estas cagaban”.
 
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*Cuento ganador del 14vo concurso de cuento corto 89decibeles.

martes 23 de agosto de 2011

Plantar un árbol, escribir un libro y... ¿tener un hijo?

(Carta al hijo que nunca tendré)

¿Sabés? Resulta difícil escribirle a alguien que no existe (ni existirá). Si se quiere, puede ser incluso un ejercicio cruel: nunca tendrás chance de redactar tu réplica. Pero tranquilo, no llegaré a utilizar aquello de que la vida no es justa u otros clichés semejantes. Antes más bien me gustaría contarte que la vida sí que es justa, a veces más de lo necesario. Hay como una especie de enredo cósmico, al parecer, que pone nuestras acciones una tras otra, las acomoda, las clasifica, las hace surtir efectos. E indefectiblemente terminamos siendo eso que somos, para bien o para mal.

A veces no resulta tan fatal. De veras. Alguna gente dice ser feliz, otra quizás no tanto. Yo ahora te hablaré de mi caso, a riesgo de convertir esta misiva en alguna clase de justificación estéril. Si hubieras tenido la oportunidad sé que habrías leído en algún momento esta especie de remedo autobiográfico que escribí hace poco, cuya lectura probablemente te habría arrojado un poco más de luz sobre las razones que me motivaron a no traerte a este mundo. Me adelantaré y enumeraré las que yo creo, son las principales.

La primera tiene que ver con razones, de alguna manera, biológicas. Veras, al parecer en este momento estamos cercanos a ser siete mil millones de seres humanos en el planeta, digamos bastante más de lo que la pobre tierra en realidad debería estar soportando. Con esos números en mente, es fácil darse cuenta que procrear perdió desde hace un buen tiempo su relevancia evolutiva. A menos que ocurra algún cataclismo sin precedentes, la continuidad de la especie no está, ni mucho menos, amenazada. Podrás asumir entonces que un humano más en este mundo realmente no es necesario desde el punto de visto estrictamente biológico. Mucho menos en momentos en que se comienzan a agudizar las crisis por la falta de agua, la hambruna, la criminalidad, la falta de espacio urbano, la contaminación, etc. Tranquilo, no voy a decir algo como "traer un niño a este mundo a sufrir ¡jamás!". A este mundo no se viene a sufrir, amiguito, se viene a otras cosas más divertidas como correr por un montazal, ser revolcado por una ola del mar, leer uno que otro buen libro, hacer el amor en una tarde lluviosa. Digamos ya crudamente que, a fin de cuentas, no vas a nacer porque simple y sencillamente no hacés falta.

Pero antes de que me tachés de insensible, dejáme decirte que también tengo razones que buscan proteger tu integridad emocional. En efecto. Por ejemplo, yo abogaría con tu hipotética madre para que tu alimentación fuese 100% vegetariana, desde tus primeros días. No, no es una idea descabellada, incluso existen libros con guías detalladas de cómo criar a un niño vegetariano desde el vientre materno. Además, te educaría alejado de cualquier principio religioso: nada de bautizos, primeras comuniones, confirmas, domingos de iglesia u oraciones antes de dormir (Igual habrías tenido una formación integral, no te preocupés. Yo mismo fui criado con ciertos principios cristianos, que por cierto, te cuento, algunos no están del todo mal. El problema es la falta de aplicación. Ya lo decía Gandhi: "Cuando usted me convenza de que los cristianos viven conforme a las enseñanzas de Cristo, seré el primero en convertirme" ). Oh sí, como pasaría horas explicándote que, a pesar de lo que el grueso de la población cree, dios en realidad no existe. Y que algunos en tiempos lejanos se dieron a la tarea de inventarlo para beneficio personal. Te contaría sobre mi verdadera creencia: las fuerzas de la naturaleza, y de lo poderosas que pueden llegar a ser. Por otro lado, seguramente te hablaría en términos "extraños", te diría cosas como "la caballerosidad es una excusa del patriarcado machista para justificar el mito del sexo débil femenino", al mismo tiempo que te instaría a ser amable, desprendido y desinteresado con las personas. Te compraría juguetes educativos, nada de chucherías plásticas desechables, y te animaría a leer bastante desde edades tempranas. Te hablaría de sexo en términos claros y directos apenas tuvieras unos dos o tres años, te diría por ejemplo: "El hombre introduce el pene en la vagina de la mujer durante el acto sexual, etc., etc., etc." Te enseñaría que no hay ningún problema conque dos personas del mismo sexo se amen, y que la comida en Mcdonald's es una completa asquerosidad (lo siento, nada de cajitas felices). A propósito, te hablaría del problema con la desigualdad de la distribución de la riqueza en el mundo y sobre los negocios oscuros de las super corporaciones. Aprenderías que no hay nada malo en jugar con niños de otro color. En casa tendrías que reciclar absolutamente todo lo que sea reciclable y, bueno, en fin... ¿te imaginás el problema que todo eso conllevaría para vos? Sinceramente mejor te ahorramos las burlas de tus compañeros de escuela, el trauma de niñez y la plata que gastarías (ya de adulto) en sesiones de psicoterapia.

La última razón sí tiene que ver, lamentablemente, con motivaciones meramente egoístas (me disculpo si para este punto ya te habías formado una buena imagen de mi persona). La verdad, nunca me ha llamado la atención pasar horas desvelado en la noche atendiendo los llantos de un infante demandante, o destinar un dineral en gastos educativos. Mucho menos pasármela cambiando pañales o sacando cólicos. Encima, tengo una manía: la de alejarme de cosas o personas que me puedan atar demasiado. ¿Me entendés? Me gustaría, por ejemplo, tener la posibilidad de poder irme, qué sé yo, a algún otro país por un buen tiempo sin tener que pensar en quién te va a cuidar o qué vas a comer o cómo se va a pagar tu colegio (No sé si algún día lo llegue a hacer, pero me gustaría mantener mis opciones) No me malinterpretés. Me encanta pasar tiempo con niños, y me llevo de maravilla con ellos. A estas alturas tengo un sobrino y una sobrina a quienes adoro, y me encanta jugar con ellos o chinearlos. ¡Incluso me han llegado a decir que sería un buen padre! (Tenés que apreciar la ironía aquí, amiguito) Pero ya ves, nunca recibí ese ¿llamado? instintivo. Creo firmemente que la realización personal no tiene que estar estrictamente relacionada con engendrar.

Fijáte que alguien una vez me preguntó que si, por esta decisión, no me daba miedo de morir solo. ¿Sabés qué pienso? Que al fin y al cabo la vida nos recibe y nos despide de manera individual, no importa lo que hagamos. Lo único que me daría miedo es decubrir en mi lecho de muerte que nunca dediqué suficiente tiempo a plantar más árboles o a escribir uno que otro (buen) libro.

Hasta nunca, hijo mío...


Pd: Como la cuestión de tu género estaba en entredicho al ser una cosa meramente hipotética, lancé una moneda y resultaste, para propósitos de esta misiva, masculino. No que importe mucho, la verdad.







lunes 16 de mayo de 2011

Perseo liberando a Andrómeda

Pequeño homenaje a un héroe cercano.

No tengo reparos en compararlo con un semi-dios moderno. Desde pequeño parecía no tenerle miedo a nada, y su intrepidez le llevó a coleccionar golpes, caídas y cicatrices. Todos estos infortunios, sin embargo, eran para él más bien pequeñas medallas de guerra, recuerdos de batallas épicas unipersonales. Con el tiempo fue creciendo y haciendo gala de ese carisma reservado a los inquilinos del olimpo. Las doncellas no se resisten a su paso y el camino de la gloria lo fue forjando en canchas de fútbol, un deporte que ha llegado a ser algo más que una pasión: es su propia gesta legendaria, algo así como Perseo liberando a Andrómeda antes de ser devorada por Cetus.

Este Perseo tiene también un gran corazón, escondido pero generoso dentro de toda esa majestuosidad juvenil. Desde ese centro toma la mayoría de las decisiones, dotándole de un ímpetu voraz y genuino que lo lleva a alcanzar sus metas. Nunca mira hacia atrás, y eso lo saben quienes, a distancia, le persiguen sin tener oportunidad de alcanzarle.

Claramente este Perseo tiene su propia Medusa, una góngora moderna llamada enfermedad de Still del adulto, a la cual debe hacer frente por que así estaba escrito en su destino por las inflexibles Moiras, dueñas de los hilos de la vida de las criaturas quiméricas. Son ellas las que dictan las suertes y las desgracias de los seres que nacen bajo el cobijo de la galaxia mitológica.

Esta Medusa ha sido un duro escollo. Capaz de convertir en piedra a cualquiera, no se ha dejado domar ni mucho menos cortar la cabeza. La batalla ha tenido momentos de gran ansiedad, y episodios de fuerte desesperanza que han sido una lenta tortura de diagnósticos erróneos, dolores, fiebres y noches largas de hospital. Pero nuestro héroe tiene una gallardía incólume, y aunque muchas veces le ha visto la cara al desconsuelo siempre se ha levantado: su fortaleza y valentía no son de este mundo.

En ocasiones recibe ayuda, ya de un Zeus desenfadado, ya de una Atenea amorosa, ya de un Hermes presuroso. Y por esto quizás, en ocasiones lo traiciona su enorme autoconfianza, tan típica de los seres extraordinarios. Pero corrige sobre la marcha, y sigue adelante, luchando contra los fantasmas que solo él puede ahuyentar.

Algún día, sublime, se erigirá sobre sus pies y mostrará orgulloso, en sus manos, la cabeza de la medusa que tanto le atormentó. Y un susurro se esparcirá por los cuatro vientos, llevando a todos la noticia de que a este semi-dios ya no habrá nada que lo venza, hasta que la muerte venga -mitad mortal al fin y al cabo- y le pida, después de muchas glorias y hazañas, que monte en su carruaje milenario.

martes 29 de marzo de 2011

Mi reino por un poco de sensatez

La presente remilga no es gratuita, está justificada por cientos de horas de bombardeo incesante acerca de la sobrevalorada inauguración de un estadio cuyos apelativos pseudo épicos han bordeado la frontera de lo ridículo y patético. Es difícil no sentirse abrumado por el excesivo intento forzado de familiaridad, camaradería y patriotismo que la campaña mediática ha querido meternos hasta por los ojos, utilizando esa, así llamada, "casa de todos" que en realidad no es casa de nadie, a lo sumo hogar tal vez de enredos diplomáticos, egos políticos hiper-inflados, despilfarro, contaminación ambiental y simbolo de la infaltable mentalidad "chiquitica".

No me malinterpreten. A veces me gusta nuestra mentalidad "chiquitica", me refiero a esa sensación de que todavía somos una villa, a esa cierta ingenuidad con la que a veces le hacemos frente a las cosas. Al pura vida honesto y con sonrisa de oreja a oreja incluida. A ver a ministros/as o diputados/as caminando despreocupadamente en medio de una multitud en un concierto en pleno centro de la ciudad.

Sin embargo, ya ven como una misma cosa puede causar tan distintas emociones. Con el ahora infame nuevo estadio nacional se ha hecho gala de lo peorcito de nuestra idiosincracia. Se ha puesto en evidencia los vicios de tercer mundo que nos aquejan, la lamentable falta de interés por cuestiones realmente importantes y, en contraste, la exagerada atención popular hacia las cosa más vanas y triviales. O ¿es que alguien le extrañaría que una vez pasados los actos inagurales del estadio nos sorprendan con que el funesto plan fiscal ya está listo para ser votado en el plenario de la asamblea legislativa?

Bueno, quizás exagero. Pero es que ya llevamos un mes siendo testigos de las más tristes aberraciones, una tras otra. Y es que todo este asunto lamentablemente ha generado mucha materia prima: que los chinos, que el mismo estadio, que Argentina, que Messi... Todavía falta Shakira y lamentablemente mis ojos ya descubrieron la primera razón para llorar.

La pena ajena ¿cuántas razones para sentirla hemos tenido en los últimos días? No me queda más que ofrecer mi reino, mi reino por un poco de sensatez.